Parece que se va a comer el mundo con su bocota pero quienes le conocen aseguran que no mataría ni a una mosca. Simpático, impreciso en el lenguaje (exactamente igual que en el anuncio de natillas), con ganas de juerga a todas horas, frivolón y enamorado del balón, pasa nuevamente por horas bajas. Muy bajas.
Los muchimillones que atesora no evitan que los malos espíritus le provoquen celos de Eto´o. Ni que se permita licencias en los entrenamientos, que al grueso del ejército blaugrana les están vedadas. Ni sus rabietas de chaval, con veintiséis años, díscolo y rebelde para con su entrenador, un filósofo del fútbol.
Ronaldinho tiene un don sobrenatural en las piernas como otros lo llevan en las cuerdas vocales. Pero el gaucho, que se sabe privilegiado, no cuida como debiera su patrimonio; es un jugador/espectáculo pero no un profesional. Si lo fuera no se permitiría a sí mismo tanta dejación.
El problema del brasileño no es de cuerpo, que también, sino de alma. ¿Cómo es posible que una supuesta noche de fiesta dé para tanto? ¿Sigue perjudicado diez días después?
Muchos están preocupados por su forma física, otros recuerdan la gloria que le ha dado al club y perdonan todo, algunos aceptan de mal grado su absentismo y los que le aprecian tratan de recuperarle. ¿De qué?
El ídolo es frágil, vulnerable, sensible e inseguro pese a que su hermano Roberto, representante y consejero, su hermana Deisy y su madre, forman un muro protector.
Algo le pasa al brasileño. Algo oculta su rostro serio. Lo tiene todo. O eso parece. Pero ha perdido la alegría. ¿Solucionará su problema en el Chelsea?
¡Qué chicos estos! A las primeras de cambio se desinflan. Es más fácil ser un crack que comportarse diariamente como un tío de los pies a la cabeza.
Lola Canales