Sería el primer paso hacia ese mundo feliz que propuso Huxley. Suiza, con un 3,2% de paro, ha publicado en su boletín federal una propuesta titulada Por un subsidio de base incondicional, donde se aboga por un salario fijo para todos sus ciudadanos que oscilaría entre los 1.500 y los 2.000, sin tener que trabajar.
Tan solo aquellos que quisieran vivir mejor y ganar más de esos 2.000 euros trabajarían, aunque tuvieran cubiertas dignamente sus necesidades.
La humanidad, entonces, conviviría en paz, la pobreza sería erradicada y todo el mundo se mostraría feliz porque su estilo de vida sería acorde con sus necesidades e intereses. Una utopía inalcanzable como la de Huxley.
“Es una injusticia tener que trabajar para vivir“, dice un miembro del comité que ha redactado la iniciativa. Sin esa obligación todo el mundo podría dedicarse a lo que le gusta. El mercado laboral, por tanto, desaparecería tal como se concibe hoy. Sería más flexible. Y no por eso se dejaría de trabajar sino que la actividad económica se arbitraría de distinta forma. Al parecer la renta básica incentiva el trabajo.
La propuesta parece una locura, pero sería factible. Quienes la han desarrollado han echado cuentas y han llegado a la conclusión que ese salario de 2.000 euros para todos los suizos costaría un tercio de su Producto Interior Bruto (PIB), unos 200.000 millones de euros.
Ese reparto entre la población obligaría a subir los impuestos y el IVA a todos los que quisieran seguir trabajando.
Con todo lo original que parece la idea, no es nueva. Bélgica ya propuso algo parecido en 1985. En España IU y ERC presentaron iniciativas parecidas en 2006.
En algunas comunidades de Brasil, Canadá y Alaska existe algo parecido.
En 2004 el entonces presidente Lula da Silva promulgó la Ley de Renta Básica de la Ciudadanía, que garantiza a las familias más desfavorecidas un dinero suficiente para gastos esenciales en alimentación, educación y salud.
Canadá tiene un salario mínimo universal para mayores de 65 años al margen de su pensión.
Los 700.000 habitantes de Alaska, al margen de raza, sexo o edad, reciben anualmente una cantidad que depende del rendimiento de la explotación del petróleo. Una experiencia única en el mundo.












Lola Canales