
Le duele la lengua a Jorge Javier Vázquez de decir que el programa Sálvame no es telebasura sino neorrealismo televisivo.
Lo más perverso del asunto es que el presentador sabe perfectamente lo que es el neorrealismo y conoce la obra de sus más preclaros representantes, Rossellini, Visconti y De Sica.
Porque Jorge Javier Vázquez sabe hacer la o con un canuto, como demuestra en su crónica sabatina de El Mundo.
La distancia entre el neorrealismo (movimiento que se desarrolla en torno a la Segunda Guerra Mundial fundamentalmente en Italia) y lo que hace Jorge Javier es enorme. El primero sirvió para denunciar la crueldad del poder establecido y mostrar la miseria, la desolación y la indolencia de una sociedad y Sálvame es un divertimento para tiempos de crisis con destellos intelectualoides por parte de algunos de los colaboradores, verbigracia Karmele Marchante.
Hay que admitir, sin embargo, que el programa está creando escuela. Los colaboradores Belén Esteban, Karmele, Mila Ximénez, Kiko Hernández y Lidia Lozano se mueven por el plató, un espacio amplio diseñado con distintos ambientes, como pez en el agua.
Nadie se corta un pelo y, como si realmente estuvieran en su casa y a la vista del telespectador, se descalzan, meriendan, beben una copita, se insultan entre ellos, cantan, ríen, se desmelenan … La mano maestra de Vázquez, que intuye cuándo debe cortar una intervención o echar más leña al fuego, permite una gran agilidad al programa. Sus paseos entre bastidores, sus idas y venidas a los retretes, a los pasillos, a la máquina de bocadillos, a los camerinos….
Jorge Javier Vázquez siempre lo ha tenido claro: “Yo estaba predestinado a triunfar en la televisión del siglo XXI, que es una televisión que ayuda a conocer el estado sentimental del prójimo y muy dada a mostrar a la clase media-baja realizando sus quehaceres cotidianos”.
Que disfrute del éxito de su Sálvame es muy lícito, pero de neorrealismo televisivo nada de nada. ¿Qué tienen que ver las churras con las Meninas?, como dice Belén Esteban.
Lola Canales