
Vemos imágenes espeluznantes por el trato inhumano que reciben niños y adolescentes en algunos centros de menores en China o Rusia. Sus rostros están marcados por el terror. No tenemos que irnos tan lejos para encontrar las mismas prácticas de malos tratos, castigos físicos y psíquicos abominables, humillaciones y vejaciones terribles, violación permanente de los derechos humanos, que resultan impensables en una sociedad civilizada del siglo XXI.
Buscando la filmografía de Daniel Calparsoro para satisfacer una curiosidad, encuentro que su miniserie El castigo narra la vida de unos adolescentes conflictivos en un centro donde se aplican “terapias especiales” para la modificación de la conducta. Una especie de Guantánamo con métodos de castigo durísimos.
Encontré algún comentario que relacionaba esa serie televisiva con Font Fregona, en Torrelles de Foix, Barcelona, una masía que depende de la Generalitat de Cataluña, donde tratan problemas de conducta, anorexia, drogodependencia, etc. Quedo horrorizada con los testimonios de algunos chavales y veo que el tema se ha tratado en televisión a partir de una cámara oculta.
Métodos violentos, salvajes, que atentan contra los principios de dignidad y respeto humanos. Hacen comer los propios vómitos, medican hasta el atontamiento, inmovilizan durante horas en un “silla de castigo”, dan palizas, prohiben ir al retrete…
De ser ciertas estas prácticas, más bien delitos, ya puede darse prisa la Generalitat para cerrar dicho centro (al parecer no es el único), porque allí siguen viviendo un infierno diario personas de 13 a 40 años que entraron para rehabilitarse.



Barack Obama ha despertado la necesidad mundial de un salvador, la fe en un líder, la esperanza en el new deal. En su país, y en todo el mundo, se aguardan con impaciencia sus directrices contra la crisis, sus órdenes para terminar las guerras iniciadas por Bush y la pacificación de Gaza. Se espera de Obama lo que de un dios.
Empiezo a dudar de mí misma porque últimamente me entero de cada cosa que no puedo calificar. Así, a bote pronto, que a 300 presos de la cárcel valenciana de Picassent, lo mismo da que hubiera sido en la cárcel de Jaén o en el penal de Santa María, les entretengan con un espectáculo erótico me parece, cuando menos, una temeridad. 
Lola Canales