Ayer, por fin, se marcharon los pintores y los carpinteros. A las siete de la tarde dijeron au revoir, que son muy finos, dejando tras de sí una gruesa capa de polvo y serrín. ¡Que le den dos euros a la mugre!, me dije, y me fui a la cita que tenía con Natalia y su niña Anita, una preciosidad de criatura, simpática y farandulera.
Hoy, más tranquilita, me he dedicado a mi mismidad y tampoco he dado un palo al agua. Además, es mi cumpleaños (no pienso deciros cuántos porque son muchísimos) y me he dado un homenaje yendo a comer con mi marido a un autoservicio de lo más kitsch, que ya está una hasta las narices de sushi, nueva cocina, algas, flores y hasta insectos, que donde esté un bocata calamares de El Brillante que se quite toda esa gilipoyuá. ¿O no?
Os preguntaréis por qué el día de mi cumple estoy aqui, con vosotros. Muy sencillo: no hay lugar del mundo más fresquito que mi casa, exagerando un poco, ni más diver. Y con una compañía excelente.
Y esta noche de cena íntima. Perdiz escabechada sobre fondo de rúcula y lollo rosso, con tomatitos cherry y virutas de foie ( que una es muy apañada) y un poquito de jamón 5j con un cava rosé de primera. Velitas, música y… ya se verá.
Hay te quedas, mundo cruel.
¡Ah! Que no se me olvide. En la próxima charleta os contaré acerca de la obra de mi amado Walter Benjamin. Se va a publicar completita, tras años de dispersión.
Además de padecer los calores del Averno, en el que dicen los videntes más avezados que nos coceremos todos, no hago más que llevarme sofocones. Verbigracia:
Ayer, alrededor de las siete de la tarde, se fueron los pintores. ¡Qué paredes, lisas y suaves como el culo de un bebé! ¡Qué color tan hermoso, mediterráneo, brillante, animoso para los tiempos que corren! ¡Que suelo!… ¡Qué suelo!… Tenía más polvo que las dunas de Almería, que el desierto del Sahara…
Decía Chester Himes que todo relato, toda novela, debe tener, además de una buena historia, un poco de intriga, otro poco de gastronomía y un mucho sexo. Como yo no tengo todavía confianza con vosotros para hablar de este último tema, me remito a los otros.
Tengo una depresión que me ocupa todo el cuerpo, incluidos los lóbulos de las orejas. Más que una depresión parece un tango. Llegaron a casa los pintores y, como sabe cualquier ama de casa intelectual como yo, todo queda patas arriba, tal que si hubiera pasado George W. Bush con sus huestes.
Llevo un par de días con esto de la presión armosférica, fatal. Para colmo, el lunes vienen los pintores a adecentar mi casa y darle una manita de color, que bien podían hacer extensiva a una servidora. Últimamente me llevo mal con mi mismidad.
No conviene permitir el descanso a las células grises a pesar de la canícula. Una cosa es el cuerpo y otra el alma. Así que para las mentes activas, las que constantemente piensan en todo lo que les rodea aunque estén tumbados al sol, propongo un par de lecturas. (Lo de tumbado al sol es una cuestión lírica porque, en realidad, no hay quien lo resista)
¡Cuánto tiempo sin hablar con vosotros! Que conste que no ha sido culpa mía. Dicho lo cual paso a mayores.
He dormido fatal y a las pruebas me remito. Estas no son horas de ponerse a escribir salvo que se tenga el ánimo a modo de poeta maldito o se padezca insominio lo que, afortunadamente, no es mi caso.
Lola Canales