España

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21 de marzo de 2014 • 14:42

La amistad de Suárez y el Rey abrió la transición y fue clave para su éxito

 

Los primeros años de la transición de España a la democracia estuvieron marcados por la relación de amistad y entendimiento político entre el Rey y Adolfo Suárez, que se convirtió en aliado fundamental del Monarca para llevar a buen puerto aquel proceso.

El convulso escenario nacional que le llevó a dimitir como presidente del Gobierno y su regreso a la política bajo las siglas del CDS alejaron a Suárez del Rey durante los primeros años de gobierno de Felipe González, pero las circunstancias cambiaron tras su retirada de la vida pública.

Don Juan Carlos, al igual que doña Sofía, estuvo pendiente tanto de las duras circunstancias provocadas por las enfermedades de su esposa, Amparo, y su hija Miriam como del progresivo deterioro del estado de salud del propio Suárez.

En julio de 2008, los Reyes le visitaron en su domicilio de la urbanización madrileña de La Florida para hacerle entrega del Collar de la Orden del Toisón de Oro, la más alta distinción que concede la Casa Real española, que el propio don Juan Carlos había recibido en 1941 de manos de su padre, el conde de Barcelona, y había entregado a su hijo, el Príncipe de Asturias.

Esa fue la última vez que Suárez vio al Rey, aunque el avanzado estado de su enfermedad le impidió reconocer a su antiguo amigo, el mismo que, en 1981, una vez desactivado el 23-F y completado el relevo al frente del Gobierno en favor de Leopoldo Calvo-Sotelo, había recompensado sus años de servicio a la democracia con un título nobiliario, el Ducado que lleva desde entonces su apellido.

El Rey ha sido la primera persona a quien Adolfo Suárez Illana ha avisado de que la muerte de su padre era inminente, en cumplimiento de un deseo expresado hace años por el enfermo, según explicaba el hijo poco después de esa conversación, al tiempo que subrayaba que la gratitud del expresidente del Gobierno hacia el Monarca era "absoluta".

Suárez conoció al joven Juan Carlos a comienzos de 1969, cuando desempeñaba el puesto de gobernador civil de Segovia, y la inmediata sintonía que surgió entre los dos se vio reafirmada aquel mismo año, tras su nombramiento como director general de RTVE por sugerencia del recién proclamado príncipe, según reveló el entonces vicepresidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco.

No está claro si en aquella época ambos empezaron a concebir una estrategia para restituir la democracia cuando llegara el momento de suceder a Franco, pero, en todo caso, desde su despacho en RTVE,

Suárez contribuyó a dar a conocer la imagen del príncipe y consolidar su figura como futuro jefe del Estado.

Ambos siguieron reuniéndose durante su etapa como presidente de la Empresa Nacional de Turismo (ENTURSA) y, en marzo de 1975, don Juan Carlos intercedió para que accediera a la Vicesecretaría General del Movimiento, a las órdenes de Fernando Herrero Tejedor.

Poco después de la muerte de Franco, Herrero Tejedor falleció en accidente de tráfico y Suárez entró en el Gobierno de Carlos Arias Navarro como ministro secretario general del Movimiento, también a instancias del ya jefe del Estado.

La apuesta de don Juan Carlos por Suárez como nuevo presidente del Gobierno -para lo que primero hubo que garantizar su presencia en la terna de la que debía salir el nombre elegido, con la ayuda del presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, Torcuato Fernández-Miranda- abrió finalmente la puerta al proceso de transición a la democracia.

Ambos sentaron las bases del nuevo sistema político que delimitaba las competencias entre un presidente del Gobierno con capacidad ejecutiva y un jefe de Estado que reinaba y ejercía la máxima representación institucional sin gobernar, un modelo de monarquía democrática inédito en España que se disponía a dar todos los pasos necesarios para legitimarse en las urnas.

En aquellos primeros tiempos, antes y después del referéndum de diciembre de 1976 sobre la ley para la reforma política, el Rey y el jefe del Ejecutivo trabajaron más unidos que nunca, conscientes de que el camino que habían emprendido les obligaba a sortear juntos todo tipo de obstáculos y a apoyarse mutuamente para hacer frente a multitud de recelos.

Suárez adoptó, una tras otra, importantes decisiones estratégicas no siempre bien comprendidas, entre ellas la legalización del PCE dos meses antes de las primeras elecciones generales de 1977, y se volcó en consolidar la institución monárquica mientras las distintas fuerzas políticas componían el delicado consenso que permitió dar a luz la Constitución de 1978.

Una vez logrado lo más difícil, con una monarquía democrática y un sistema de libertades legitimado en referéndum, los objetivos comunes que habían hecho posible el milagro dieron paso a una etapa en la que las distintas fuerzas políticas defendieron su espacio propio, ante la desconfianza de los mandos militares de origen franquista, en un contexto marcado por la escalada de atentados de ETA.

En este escenario, Suárez fue perdiendo aliados y, tras superar una moción de censura de la oposición socialista, hostigado por influyentes sectores de las Fuerzas Armadas y cada vez más acorralado dentro de su propio partido, acudió por última vez como presidente del Gobierno al despacho del rey el 27 de enero de 1981 para presentarle su dimisión irrevocable.

Estaba convencido de que apartarse del poder era la única forma de conjurar las conspiraciones en marcha. Tardó menos de un mes en comprobar que no era así y que de nuevo la intervención de su antiguo amigo iba a ser decisiva para evitar que tantos esfuerzos compartidos para consolidar la democracia en España se malograran en una sola noche.

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