Anónimos -ya de por sí intrigante- gritando contra personajes públicos que con su nombre y trabajo han conseguido concluir obras cinematográficas que su propia academia decide premiar. Anónimos cabreados por una industria del cine a la que acusan de estar subvencionada, obviando por tanto la crítica que deberían hacer a todos los periódicos de papel, que no podrían salir a la calle sin las necesarias subvenciones.
Como hay obras de teatro clásico que sin subvenciones no se podrían realizar -probablemente porque esos anónimos estén viendo una película americana descargada y no pagarían por ver una representación en Mérida- o compañías y orquestas nacionales que permiten mantener esa parte de la cultura viva. Estos, y muchos más, viven en gran parte de subvenciones.
El caso es que el mundo del cine ha recibido en la gala de los Goya 2011 una reprimenda en toda regla (salvo el reconvertido para sus fans Álex de la Iglesia) sin ton ni son, a bulto, con la excusa de la Ley Sinde como telón de fondo y nunca mejor dicho. TVE ha considerado innecesario emitir los momentos de máximos abucheos lo cual ha conseguido hacer más grande todavía la bola de nieve en polvo que está siendo toda esta lucha por las descargas y -muy en segundo plano- la cultura y el conocimiento libre.
Así, mientras actores, productores y realizadores muestran sus trabajos y se someten a la valoración de sus iguales, la calle que rodeaba al Teatro Real estaba copada por desconocidos juzgando esas mismas obras sin aportar las suyas al juego. Esto, tenga sentido o no la protesta, no deja de ser significativo.
Y contradictorio es que se abogue por la cultura libre mientras de berrea contra las subvenciones públicas. Contradictorio es que denoste la aportación de todos, lo público cuando se lucha precisamente por una red de creación y uso colectivo.
Porque esa red, señores anónimos, se llama Estado y sirve para que esos actores y productores a los que insultan por trabajar puedan seguir haciéndolo, pues buena parte del resto de los españoles- no anónimos- consideran que sus obras son necesarias tanto a nivel intelectual como de promoción de nuestro país.
Ustedes son libres de crear sus películas y compartirlas en el formato que consideren, así como de solicitar una mejor redistribución de ciertas subvenciones. Son libres de gritar contra actores que visten las paredes de los cuartos de sus hijos y son libres de tirar tomates y huevos a quien consideren. Otra cosa es que logren convencernos al resto -especialmente con estas dos últimas libertades- de que sus caretas son garantes de a cultura libre y el conocimiento compartido.
Insisto, hace años creamos los estados y la política para hacer cuánto queramos y precisamente logramos hacerlo sin careta.

Mientras que Álex de la Iglesia aprovechaba su discurso como Presidente de la Academia del Cine durante los premios Goya para hacer un llamamiento al esfuerzo, a la confianza, a la inversión en la industria del cine (de las pocas que ha logrado crecer en 2009) y al compromiso del "glamour" con el sudor del que trabaja de sol a sol, Rouco Varela utilizaba su alocución semanal para solicitar una conversión del corazón relativista para poder superar la crisis económica.
Alberto Sotillos