
Estamos a miles de kilómetros de ver calles con barricadas, pero hace unos meses estábamos a años luz. Las distancias en lo social se recorren a velocidades superiores a la de cualquier avión supersónico o incluso que la propia luz.
A nadie le puede extrañar que una noche nos acostemos cabreados -como la noche anterior y la anterior- y que sin saber el motivo nos levantemos a la mañana siguiente viendo violencia en las calles, porque condiciones hay para ello y se acrecientan a diario, con la salvedad de que todavía se cree más útil no hacerlo.
Difícil calcular cuándo se superará la barrera de la protesta normalizada (aquella que entra dentro de la norma del propio Gobierno como son las manifestaciones, concentraciones, etc) para pasar a la rebelión (pacífica o no) pero sin duda estamos en una tendencia que nos lleva por esa senda.
Ninguneamos a los partidos políticos -ellos hacen mucho por demostrar que quienes lo hacen tienen a veces razón- y el Gobierno se empeña en burlarse de quienes salen a la calle a manifestarse de manera reglada y legalizada por una Delegación de Gobierno que les humilla.
Cuando el cuidadano pierde la confianza en los partidos, cuando la Sociedad hunde la legitimidad de los sindicatos y cuando el Gobierno inutiliza las protestas pacíficas en la calle, el caldo para un grito más violento está servido.
Todavía queda, por ahora los partidos -hasta ahora minoritarios- recogen ese descontento. En algunos casos son fuerzas políticas con trayectoria, en otros movimientos populistas bastante más desestabilizadores. En todo caso queda demasiado paraunas nuevas elecciones y desahogarse diciendo en una encuesta que se va a votar a estas fuerzas realaja tensión pero por poco tiempo.
Salvo que la política regenere su capacidad de ofrecer alternativas regenerándose a sí misma -con cambios estructurales de profundo calado como necesita el PSOE- poco margen le queda a la ciudadanía.
La mejor gasolina y a la vez mecha para la peor situación posible es un Gobierno que ataca a sus ciudadanos, pero si no aparecen a tiempo los bomberos con una salida real, valiente y profunda, el incendio se descontrola.
La actualidad tiene nombre propio y la desesperación también.
El otro día me invitaron a participar en un debate sobre la crisis económica, el Pacto del Euro y las posibles salidas de esta situación en la radio Ágora Sol y fíjense si resultó interesante que desde entonces sigo dando vueltas a esos ejes en los que se centró la tertulia.
Lo primero que le viene a uno a la cabeza cuando escucha a un tercero decir que hay que pasar de los “grandes” partidos -dejando de votar a PP, PSOE, CIU- es que precisamente el Partido Popular aplaude con las orejas la iniciativa. Creo que todavía no se conoce el caso de ningún votante de derechas que opte por la abstención por mucho que la opción que le ofrece el PP sea, por ejemplo, Mariano Rajoy.
Tiene razón Díaz Ferrán cuando considera que a la economía española le vendría bien aumentar su productividad. Eso le viene bien a la economía española y al resto de economías del mundo. En todo caso es cierto que nuestra productividad es relativamente baja, comparada con los países de nuestro entorno (norte) por lo que las palabras de Díaz Ferrán tienen cierto valor.
En el mejor de los casos harán una película, que yo iré a ver el mismo día del estreno. En el peor de los casos lo transformarán en un nuevo reality en el que encerrar durante meses a 33 personas, en 60 metros cuadrados y que yo me negaré a ver.
Está el mundial que parece el reflejo de la crisis económica. Italia ya está en casa, Francia prácticamente expedientada con huelga incluída de jugadores, Inglaterra salvada de milagro, Alemania se mantiene con problemas y queda España, que veremos lo que sucede.
Una mujer aparece en televisión absolutamente aterrada, asegurando que su hijo piensa matarla en cuanto se le antoje y el cámara, el entrevistador y todos nosotros, pasamos a publicidad sin inmutarnos por el testimonio. “Es la tele, y se ven tantas cosas…”.
Alberto Sotillos