Hay demócratas de toda la vida, envueltos en la bandera de España desde que se levantan hasta que se acuestan, que no se pierden un evento deportivo ni el recibimiento públlico de los campeones de lo que sea, que luego en su día a día construyen una España en la que se retira el tratamiento médico a los enformes de cáncer y se busca eliminar aquellas instituciones que no hacen lo que ellos esperan.
Patriotas que prefieren mantener intacto su número de altos cargos aunque eso suponga retirar elo tratamieto médico a quien lo necesita para seguir vivo. Patriotras que maltratan a la Constitución porque quien está encargado de velar por ella decide algo que no es de su agrado.
Porque una decisisón del Tribunal Constitucional sobre Sortu parece motivo suficiente para que haya quien defienda directamente la eliminación de dicho órgano, mostrando sin tapujos una concepción de la política que pone sombras a la democracia, avisando de que sólo aquellos que hagan lo que algunos quieren tendrán posibilidad de existir. Obligar a las instituciones públicas a estar al servicio de una ideología concreta es sencillamente fatal.
Una peligrosa desaparición de la discrepancia, de la enmienda,que hace tambalear nuestro sistema. Aunque sólo sea una nube para tapar las verdaderas barbaridades políticas, no es permisible este grado de daño a la democracia.
Grave también porque se suma a una inercia, porque no son palabras ailsadas. Ayer se buscaba la eliminación del Tribunal Constitucional, un día antes Rajoy anulaba el debate sobre el estado de la nación y hace menos de dos semanas se pedía la reducción de los diputados a la mitad a pesar de reconocer que con ello los ciudadanos estarían peor representados.
Es cierto que Zapatero se siente amortizado y empieza a dejar de sentirse responsable de todos los problemas del país -imagínense la presión-, pero sigue presidiendo este país y siendo Secretario General del Partido Socialista por lo que no debería desentenderse de la realidad que le rodea.
Mientras el mundo mira con verdadero interés y preocupación la capacidad de los hackers por violar la intimidad de quien quieran -ya sea para ver a Scarlett Johansson desnuda o para conocer la identidad protegida de los escoltas del Presidente- y Mariano Rajoy decide entrar finalmente en Twitter, en Dinamarca gana las elecciones el bloque de izquierdas tras diez años de derecha.
Creo que ayer escuche la broma, alguien decía para terminar su análisis sobre la deuda estadounidense que deberían cambiar el nombre por el de Estados Hundidos. Pocos se rieron, básicamente ninguno, pero hay un fondo cierto en la afirmación teniendo en cuenta que para un español la economía americana ha sido siempre el paradigma.
Camps lo ha logrado. Además de tener y retener el sillón de la presidencia del PP en Valencia y el sillón del Presidente de la Comunidad Valenciana, ahora tiene un sitio reservado en el banquillo de los acusados.
Menos de un par de meses ha tardado la izquierda de este país en reinventarse, renovarse -incluso con trajes conocidos- y volver a ser competitiva.
Tropezar una vez es lógico. Tropezar dos veces nos hace humanos. Cuando el tropiezo se hace habitual hay que pensar más en una intencionalidad que en una casualidad, pensar en que a lo mejor lo que se quiere es lesionar el pie para tener una baja médica.
Es díficil calcular el interés que puede provocar en un ciudadano normal la visión de una ministra en la playa en traje de baño. Más difícil todavía saber si quien publica tales fotos busca algún movimiento electoral o simplemente pretende hacer crecer la mala fama acumulada de ciertos políticos.
No es nuevo que la actualidad está en Twitter -esa Red Social de 140 caracteres constantemente actualizada- repartida casi al 50% entre periodistas y políticos, pero en la que mandan los ciudadanos. Su nivel de crecimiento en España es de una velocidad impresionante y si no medidos sólo el número de nuevos usuarios, sino que nos fijamos en la influencia derivada… se nos sale de las manos.
Uno lo empieza a tener claro poco a poco, especialmente tras hablar con conocidos que han votado al PP -se pueden imaginar que son muchos- y que también defienden las mismas tesis “antipolíticos” que vemos en Sol, en los bares y en cualquier rincón.
Alberto Sotillos