Por custumbre quienes huyen es porque algo ocultan, quienes no tienen la fuerza moral de enfrentarse a los medios de comunicación, a sus amigos, a un juez para aclarar aquello que les persigue.
A un nivel casi irrisorio -para nada comparable- recordamos bien el caso de Rajoy, incapaz de explicar las medidas económicas que está tomando y a renglón seguido decir que el problema es de comunicación (el PSOE tardó por lo menos tres años hasta tener que usar la manida excusa de los problemas de comunicación). Pero esto es política y los ciudadanos tenemos la capacidad de juzgar con nuestro voto.
Grave es cuando recae sobre uno una acusación como la de haber robado niños a sus madres para traficar con ellos dándolos a otras familias. Una acusación lo suficientemente clara como para estar dispuesto a dar cada gota de sudor en demostrar que es falsa.
Por mucho que la monja Sor María considere que su único deber es hablar ante Dios -no me digan que no es un chollo hablar con alguien así de estas cosas- va a seruna Justicia terrenal la que juzgue sus actos e imponga una condena acorde. Ella puede alegar que ya ha arreglado cualquier problema con Dios, y que él es el único que puede juzgarla pero no le vendría mal respetar también a quienes somos meros ciudadanos, a quienes lejos de estar en el cielo y saberlo todo vivimos en un mundo donde el que más sabe es Google…
Respetarnos a todos, pero especialmente a hijos y padres que reclaman la verdad casi como compasión -algo tan cristiano-. Ayudar al prójimo, corregir los errores, arrepentirse… más y más motivos estrechamente vinculados a la religión como para que alguien que se considera servidor de Dios tenga la dignidad de decir la verdad a quienes la necesitan para vivir.
Se hará justicia, será terrenal y ayudará a mantener nuestra conviviencia en este mundo al que dedicamos nada más y nada menos que nuestra vida entera.
Tiene todo el derecho Sor María para no declarar, el lamento es que use a Dios de cómplice en algo así ocultándolo bajo la idea de confesión.
Érase una vez un madrileño que, descontento por la crisis económica mundial, decidió castigar el 22 de Mayo a los socialistas de su Comunidad dejando de votarles o directamente votando a Esperanza Aguirre. Ese madrileño quería castigar a Zapatero, al PSOE y al mundo por todas las injusticias que estaba sufriendo. Muy probablemente en paro, con una hipoteca que pagar y una amenzaza de desahucio entendió que lo mejor era utilizar unas elecciones locales para mostrar su enfado por la política internacional.
Si estás cediendo los colegios públicos, los polideportivos y todos los espacios públicos que existen a una confesión religiosa privada no puedes luego quejarte de que tus ciudadanos quieran salir a la calle a reunirse para pedir mejor democracia.
Pocas veces se había visto tanta oposición a una visita institucional del Papa a España. Casí nunca dentro de los opositores estaban los propios católicos.
Es probable que la historia sea cierta, encaja dentro de la personalida de Felipe González que se negara a brindar con Cava aquel 20 de Noviembre alegando que nada había que celebrar, pero interpretaciones de este acto, eso sí, tantas como voces y oídos hayan contactado con ella.
Leo con mucho interés y algo de escepticismo
Belén Esteban votará al PP. Creo que es conveniente decirlo, dejarlo claro y remarcarlo. Merecerá un estudio sociológico a posteriori con toda seguridad. También lo hacía Norma Duval. Por recordar, nada más.
De la deseperación al aburrimiento y de la reacción ideológica al desinterés más absoluto. Esa es la tendencia de buena parte de la política y la ciudadanía española como respuesta a la Conferencia Episcopal y Esperanza Aguirre.
No me hagan mucho caso, pero juraría haber oído a la Iglesia, no hace mucho tiempo, intenciones de acercarse más a la ciudadanía, de estar más cercana de los verdaderos problemas y cosas parecidas. No guardo en mi memoria la cita, por la poca importancia que le di, así que puedo estar equivocado. Eso sí, si mi memoria no falla, deberán cambiar, al menos de gabinete de comunicación.
Alberto Sotillos