
Rajoy ha ido cabreando a los españoles de menos a más. Un salto cualitativo llegó con los recortes a los funcionarios (unos 3 millones) y con el robo directo a los autónomos (otros 3 millones) que se sumaban a los millones ya cabreados…
Ahora, tras seguir incrementando su número desde que llegó a la Presidencia del Gobierno a pesar de los carteles electorales en los que directamente ponía "¿Quieres un empleo? Vota PP", ha logrado cabrear -y dejar hundidos en la miseria- a los parados. Unos 5 millones.
Si sumamos llevamos 11 millones de cabreados de manera directa. Esos 11 millones tienen familias y amigos. Además están las mujeres, que ven recortados sus derechos con el retroceso espantoso de la Ley del Aborto; los conductores, que pasan a pagar más por los peajes; los pensionistas, que tiene que pagar sus medicinas y los niños que tendrán que llevar el tuper al colegio por el fin de las becas de comedor.
Eso son muchos millones de españoles cabreados, llevados al límite. Eso son muchos más millones de españoles de los que votaron a Rajoy para Gobernar.
Para colmo, los únicos que están felices son los banqueros, los especuladores y los defraudadores de Hacienda, a quienes el Gobierno no deja de premiar sus errores con más dinero. Es decir, más cabreo para millones y millones de españoles,
Bueno, también están los ultraconservadores, que con Gallardón deben estar en el séptimo cielo. Sobre todo si no son pensionistas, ni parados, ni funcionarios, ni autónomos…

Ya es imposible calificar algo como cortina de humo frente a cualquier otra decisión porque se pisan unas con otras con más velocidad de lo que cualquier manipulador entrenado podría calcular.
6 meses ha tardado Gallardón en tirar todo el valor de su palabra a la basura. Ese ha sido el tiempo de compromiso del Ministro con los ciudadanos madrileños a los que les prometió dirigir durante 4 años.
Estará recordando ahora Gallardón aquel congreso del Partido Popular en que Esperanza Aguirre puso la canción “The Winner takes it all” (El ganador se lo lleva todo), cuando él salía a hablar, con cierto gusto de venganza.



Alberto Sotillos