Maldito ejemplo damos a veces los españoles cuando superamos el límite de lo tolerable y anteponemos la consecución del fin sin importar lo más mínimo los medios.
Aqueroso ejemplo cuando los representantes del Estado y del Ayuntamiento de Madrid sólo van a un homenaje y su prensa tritura al de Pilar Manjón. Ausencias propias de una derecha polarizada, gobernante sólo para los elegidos y criminalizadora para los derrotados.Ausencias que dejan a cientos de víctimas en un lugar inmerecido cuando deberíamos ofrecer justo lo contrario.
Quienes acusan al resto de apropiarse de la fecha proclaman a los cuatro vientos que el 11M no puede haber otro acto que no sea el del recuerdo, quienes acusan a determinadas víctimas de hacer política, se rodean de dirigentes del Partido Popular en su ofensiva.
Sin duda la realidad no es siempre blanca o negra, que habrá grises que completen la misma, pero quienes decalran que hay rojo, verde violeta o cualquier otro color están simplemente fuera de la paleta, buscan otro cuadro y no se detienen en corregir con su brocha gorda los trazos delicados que la Justicia ha ido marcando durante años para ofrecer la imagen más fiel de lo ocurrido.
Amparados por unos medios que recargan a diario esos botes de pintura de colores con el negro absoluto de sus titulares y editoriales dejan a España en la encriucijada de la duda interesada, del quienes siembran sombras para jamás recolectar verdades que puedan contradecir lo que desean que se diga.
El respeto está ausente, no se usa ni se intenta encontrar. No hay tolerancia, ni se detiene el mundo a escuchar lo que realmente ocurre.
Cuando una madre desea en público que a su hijo le hubiera matado ETA para poder lograr un momento de tranquilidad, deberían hundirse cientos de conciencias pero no ocurre, se sigue martirizando a quienes desgraciadamente, han tenido que asumir muy pronto la dureza de lo que realmente ocurrió.
La derecha española tiene que empezar a ser consciente de la fuerza mediática que tiene, para empezar a manejar con más cuidado sus mensajes y objetivos.
Mientras el mundo mira con verdadero interés y preocupación la capacidad de los hackers por violar la intimidad de quien quieran -ya sea para ver a Scarlett Johansson desnuda o para conocer la identidad protegida de los escoltas del Presidente- y Mariano Rajoy decide entrar finalmente en Twitter, en Dinamarca gana las elecciones el bloque de izquierdas tras diez años de derecha.

Érase una vez un madrileño que, descontento por la crisis económica mundial, decidió castigar el 22 de Mayo a los socialistas de su Comunidad dejando de votarles o directamente votando a Esperanza Aguirre. Ese madrileño quería castigar a Zapatero, al PSOE y al mundo por todas las injusticias que estaba sufriendo. Muy probablemente en paro, con una hipoteca que pagar y una amenzaza de desahucio entendió que lo mejor era utilizar unas elecciones locales para mostrar su enfado por la política internacional.
Es díficil calcular el interés que puede provocar en un ciudadano normal la visión de una ministra en la playa en traje de baño. Más difícil todavía saber si quien publica tales fotos busca algún movimiento electoral o simplemente pretende hacer crecer la mala fama acumulada de ciertos políticos.
Mal pintan las cosas para la izquierda cuando un enfrentamiento casi fraternal deriva en más y más gobiernos de la derecha.
Aunque puede ser perfectamente ella también, el caso es que la voz de la economía española -Emilio Botín- parece haber dictado sentencia en el debate sucesorio de Zapatero recomendándole que se centre en la economía y se olvide de los asuntos internos.
Hoy hubiera sido un día perfecto para dedicar estas líneas a Ana Botella por su capacidad para mostrar el nivel de austeridad del Ayuntamiento de Madrid -con una deuda histórica- al ir a la peluquería con dos coches oficiales y un séquito de funcionarios. Imagínen el debate que generaría este tema, desde el nivel de contaminación que supone este despalzamiento cuando el Ayuntamiento está pidiendo a los madrileños que usen el transporte público para desplazarse al coste que implica mover toda la corte en torno a Botella.
Alberto Sotillos