Ya es imposible calificar algo como cortina de humo frente a cualquier otra decisión porque se pisan unas con otras con más velocidad de lo que cualquier manipulador entrenado podría calcular.
No hay premeditación en las palabras desafortunadas de algún ministro mientras la economía se hunde, sobre todo porque la ciudadanía, tras tanta infoxicación (intoxicación provocada por la gran cantidad de información que nos llega actualmente) ya está preparada para quedarse con más de un titular al día, modulando así los viejos parámetros de control del mensaje…
El español medio ya es capaz de cabrearse por más de una cosa al día, no le importa que Gallardón diga que las mujeres no podrán abortar en caso de malformación del feto el mismo día que se rescatan comunidades autónomas vía un país rescatado, porque la indignación -entrenada al máximo- le permite tener respuesta para ambas cosas y -como mucho- dedicará más ira a la que le provoque especialmente. Que la elección sea la de un Gallardón a la derecha de la derecha de la derecha no soprende porque, como el "que se jodan" de Fabra, es una humillación social que nada tiene que ver con ese "lo que hay que hacer" que viene de Europa y mucho con las obligaciones morales que impone la Iglesia y la moral retrógrada de unos ministros plenamente ideologizados.
Así, la crisis se usaría como cortina de humo de los retrocesos sociales y los retrocesos sociales la cortina de humo de las medidas de la crisis. No hay tanto humo, no hay una estrategia. Hay descoordinación e ineptitud en lo económico y moral conservadora -por decirlo finamente- en lo social.
Así parecen entender el liberalismo nuestros dirigentes populares, imponiendo moral católica en las leyes e interviniendo y nacionalizando bancos. Lo único que sí tienen de liberales es lo de vender lo público para que pase a ser gestión privada. Sí, pasa a ser gestión privada de algún familiar suyo, eso también es cierto, pero es lo más liberal que tienen…
Visto desde fuera no es más que lo que se veía ya hace meses; una estafa de dimensiones incalculables.
Alberto Sotillos