Es injusto, el mundo es injusto con Rajoy. Sus amigos asesores -no es baladí que sean ambas cosas- le aseguraban que su simple llegada a la Moncloa solucionaría los problemas de España y podía que incluso acabara con el hambre en el mundo.
Rajoy se preparó para ese momento sin hacer nada, tal y como le recomendaban que hiciera. No leyó un papel, no vió más periódico que el Marca, no escuchó más Radio que la deportiva y sólo puso la tele para ver el Tour. Rajoy cumplió a la perfección todo lo que sus amigos asesores le recomendaban y efectivamente llegó a la Moncloa el “cliente”. Todo un éxito electoral.
Europa, los mercados y el mundo entero, en cambio, no se habían enterado de lo que los amigos asesores de Rajoy le contaban. La Prima de riesgo no sabái que debía bajar al día siguiente de las elecciones hasta los 20 puntos, a los mercados no les había avisado de que la barba del nuevo presidente ofrecía la confianza necesaria en la economía española y los bancos no recibieron el mail en el que se les obligaba a dar beneficios por generación espontánea.
Ahora Rajoy tiene que hacer cosas y no sabe, porque no ha entrenado un minuto. Tuvo años y años de oposición para aprender, como alumno aventajado en primera fila pero sus compañeros de pupitre le distraían para que no preguntara en clase y los demás niños vieran cómo era en realidad. Hace unos pocos días dió su primera Rueda de Prensa, incluso con preguntas. Se le olvidó que además de convocarla hay que decir algo.
Pero no es su culpa, no está acostumbrado. Cómo va a saber Rajoy que para dar confianza además de convocar una Rueda de Prensa debe decir algo más allá de su mantra “Hay que hacer las cosas bien para solucionar los problemas”. La culpa es del resto del mundo, por no tener fe ciega en su mensaje, por no creer en la palabra de quien dice que va a hacer lo que venía haciendo porque es lo que está haciendo y es lo que hay que hacer. No hay nada más tranquilizador, pero el resto del mundo somos unos neuróticos acelerados, nerviosos por naturaleza que no atendemos a la serenidad y sensatez del vacío argumental de nuestro Presidente.
Ni siquiera el Banco Central Europeo, que debería estar rendido a los pies de Rajoy por obedecer como ningún otro alumno a la profesora Merkel -a quien regala los derechos de los españoles como quienes regalan colonias a sus profesoras antes de los exámenes- se ha creído el “saneamiento” de Bankia, probablemente porque venía a decir que lo tendrían que pagar ellos.
Tiene suerte Rajoy, eso sí, de que en el boli con el que se corrigen los examenes no quede tinta, eso nos está librando del suspenso y le está librando de tener que traer las notas a casa y enseñárselas a sus padres, los votantes, en unas Elecciones Generales.

La semana pasada, cuando peor estaba Bankia y sus acciones -las que habían comprado los ciudadanos que se hacían “Bankeros”- no paraban de caer se nos dijo que era impensable suspender la cotización de dicho valor en el mercado, pues supondría una enorme merma de confianza y significaría el desplome total.
La reina del déficit, que ha logrado hacer subir el dato nacional y hundir un poco más nuestra credibilidad en el mundo, es muy de actos de puertas cerradas.
Casi con el mismo tono y seguridad con el que los constructores del Titanic aseguraron que dicho barco no podía ser hundido, De Guindos nos dice que el corralito es imposible y Rajoy que España no será rescatada.
Que hay varias formas de salir de una crisis es tan evidente como que muchos clientes están sacando su dinero de Bankia, por mucho que lo niegue el Gobierno.
Gracias al poder de algunos medios de comunicación, siempre imparciales, y de unos políticos empeñados en hacer de la coherencia un vestigo de épocas anteriores se logra que no solo el tiempo sino toda la realidad sea relativa.
Desde fuera de España nos miran con expectación, apostando cuánto seremos capaces de aguantar. Krugman, premio Nobel, asegura que estamos a un paso del corralito y el Apocalipsis financiero.
Con Mayo llega Sol. El ambiente se va caldeando desde días antes pero lo fuerte suele llegar a mediados. Unos años llega el 15, parece que este año llegará el 12. La naturaleza no es exacta, claro.
A los españoles nos gusta sufrir, que nos quiten todo, que nuestros derechos se conviertan en recuerdos.
Alberto Sotillos