Cuando a un proyecto político le falta coherencia se puede deber a dos cosas; la primera posibilidad es que simplemente se haya preparado de forma alocada y por lo tanto de forma improvisada y sin continuidad en el tiempo. La segunda posibilidad es que directamente no exista ningún proyecto político, sino mera superviviencia.
Elegir en cuál de esas dos opciones está Rajoy no es fácil. Pero lo que es evidente es que en el PP la coherencia está brillando por su ausencia y eso en política se paga.
Si en la campaña electoral se nos dijo a los ciudadanos que Pizarro era el hombre clave para la economía, el ser supremo capaz de corregir los “tremendos errores” de Solbes y llevarnos a la bonanza económica, muchos se preguntan hoy por qué ahora no va a ser ni portavoz de alguna comisión económica en el Congreso. Desapareció Pizarro.
Y desaparece, por el momento, Zaplana, que como tantos otros en el Partido Popular, después de divertirse un rato jugando a ser político vuelven a lo que más les interesa y mejor saben manejar; la empresa privada.
No hay vocación política, y cuando no hay vocación política el escaño en el Congreso deja de ser un impulso para trabajar para los ciudadanos y se convierte en el espacio para trabajarse el futuro de uno mismo.

Tal vez sea cierto que había gente que creía que Carme Chacón sería una mala ministra de Defensa por el simple hecho de ser mujer y estar embarazada. No voy a negarlo porque aunque nadie es machista, nuestro vecino sí lo es, aunque sea un poquito.
Que la Moción en Mondragón para obligar a dimitir a los concejales que no condenen la violencia terrorista no haya salido como algunos deseaban sorprende en sus detalles.
Julio Anguita considera que Izquierda Unida ha muerto. Él lo llama de otra forma y
Una mujer aparece en televisión absolutamente aterrada, asegurando que su hijo piensa matarla en cuanto se le antoje y el cámara, el entrevistador y todos nosotros, pasamos a publicidad sin inmutarnos por el testimonio. “Es la tele, y se ven tantas cosas…”.
Un año más, el cine se vuelca con los refugiados saharuais, para ofrecer una visibilidad que se les suele negar durante el resto del año.

Al escribir sobre la República, uno no sabe si hacerlo sobre la segunda o sobre la tercera. Porque la Segunda República es tangible y medible en el tiempo, se puede valorar negativamente al hacer incapié en la inestabilidad del periodo o se puede estar horas cantando las bondades de un sistema de progreso sustentado en una educación de calidad para todos.
Sabiendo de sobra que no hay nada definitivo hasta el pitido final (que se lo digan al Getafe) mucho no van a cambiar los nombramientos de los ministros cuando los principales periódicos ya tienen las portadas preparadas con lo que ya se sabe hoy.
Alberto Sotillos