En tiempos en que la vanguardia cabalgaba sobre los lomos del arte, la Revolución del 17 añadió a sus ansias de libertad la impresión de un arte obsesionado por acompañar de la mano al nuevo ideario socialista, juntando en un todo la poesía y la política para dar forma al imaginario soviético.
"Es algo mucho más complicado que decir que la vanguardia fue aplastada por el realismo socialista. Es una ósmosis entre cultura y política", explica la comisaria de la exposición, Rosa Ferré, que tras tres años de preparación por fin ha encontrado la veta para la muestra en el Año Dual Rusia-España, con esta exposición gratuita que se puede observar en La Casa Encendida hasta el día 15 de enero.
Repartida por todo el edificio en bloques temáticos, 'La caballería roja' comienza con el sector 'Octubre, año cero', tomado por la izquierda futurista más visionaria e iconoclasta con las pinturas de Kandinsky y Chagall, el teatro de Meyerhold o la escritura de Vladímir Mayakovski y Gorki.
Grafitis primigenios, un ajedrez sin rey ni reina, diseños de vestuario que podrían competir en extravagancia con un videoclip de Lady Gaga, música retrofuturista, ingeniería puntera traducida en arte maquinista o mastodónticas escenografías ilustran el potencial creativo de una época con muchos mitos por derribar.
"Con toda la humildad, hemos intentado desmentir que Lenin apoyaba la vanguardia, pues era una persona absolutamente conservadora en términos artísticos, y que Stalin era analfabeto, pues en privado leía en un montón de idiomas y era el gran editor de la cultura de su época", ha desvelado Ferré.
Ese control comienza a sentirse también en la muestra, que se abre al 'peligro del entusiasmo' y desemboca en los planes quinquenales y en el realismo socialista, "un movimiento -dice Ferré- no para crear artefactos artísticos sino para crear socialismo' y en el que 'se acaba toda posibilidad de disidencia".
La artillería propagandística contó con autores con los que la muestra tampoco ha sido condescendiente. "No hemos sido amables con ellos. Ser artista oficial significaba un privilegio, pertenecer a una elite. La autoconciencia del talento les impedía salir de la rueda", ha aseverado Ferré.
Además de rendir homenaje a la creación, 'La caballería roja' llama a la reflexión de cómo estos artistas se enredaron en el poder, de aquella Rusia ilusionada y después dictadora, en la la que la creación pasó de grito por la libertad a panfleto político.