"Bajar a la mina es toparte con un ambiente desconocido, hostil, con mala ventilación y viento impuro... Quedarte atrapado debe ser terrible". Ramón Ordiz es asturiano y ha entregado más de 25 años de su vida a la explotación del pozo de María Luisa, a 800 metros de profundidad y uno de los yacimientos mineros de carbón más emblemáticos y conocidos de España.
Desde su casa de campo, ya jubilado, Ramón sigue paso a paso las labores de rescate de los 33 mineros chilenos que desde el 9 de agosto subsisten bajo tierra a causa de un derrumbamiento que les ha arrebatado temporalmente sus vidas. "Es habitual que en las minas haya desprendimientos de materiales porque se produzca una quiebra, por ejemplo. Tal vez no sea normal una tragedia de tales dimensiones, pero no sería imposible que se diera también en España", confiesa.
Para este minero-artillero dedicado durante 12 años a detonar dinamita bajo tierra, la precaución es la regla de oro en un puesto de trabajo de características extremas que en cualquier momento puede convertirse en una trampa mortal. "El derrumbe se puede producir por un mal posteo, que sea tal la cantidad de tierra que se desprende en la parte superior del túnel que no haya soporte que lo aguante y tapone la salida. Miedo no he sentido nunca porque si no hubiese sido incapaz de bajar, pero precaución he tenido muchísima".
"En situaciones de catástrofe, de cada 100 personas 85 vuelven en unos meses a su vida normal, entre 10 y 15 pueden desarrollar un trastorno psicopatológico a largo plazo y entre 5 y 10 aseguran haber crecido como personas. Al menos así lo indican las estadísticas", explica Mónica Pereira, psicóloga del Colegio Oficial de Emergencias de Madrid, cuyo principal objetivo es lograr aumentar esa pequeña cantidad de personas que sienten haber aprendido mucho de una situación de crisis.
"Los 33 mineros atrapados en Chile tienen la suerte de mantener el contacto con sus familias, saben que no se olvidan de ellos y que están luchando para sacarlos de ahí. Eso es un factor de protección muy beneficioso. La parte negativa es, por supuesto, el aislamiento y es ahí donde las autoridades y los psicólogos tienen que ayudar", sostiene esta profesional especializada en situaciones de catástrofe. "Cuando el grupo es grande es más fácil conservar el ánimo, aunque es normal que tengan momentos de recaída. Lo importante es no mentirles jamás, porque perderían la confianza en sus rescatadores y eso repercutiría en su estado de ánimo. Si pierden la confianza, pierden también la esperanza".
En el sector de la minería son muy pocos los que no cuentan con algún compañero que alguna vez haya quedado aprisionado bajo la superfície. Ramón es consciente de su suerte por haber logrado escapar de una experiencia como la de los 33 mineros chilenos, atrapados a 700 metros de profundidad, aunque sí ha sido testigo de situaciones similares: "Dos compañeros míos estuvieron dos días y medio enterrados. Imagínate un túnel como el del Negrón -que comunica Asturias con León-, pero sin salida. Hay veces que el hundimiento te deja sin ventilación y subsistes sólo con el oxígeno que se ha quedado dentro. Creo que el récord de supervivencia en un contexto así ha sido de un máximo de 15 días".
Las autoridades chilenas pronostican que el rescate de los 33 trabajadores enterrados en la mina de San José se prolongará hasta noviembre o diciembre, por lo que conservar una organización interna y respetar reglas básicas de comportamiento se han convertido en los dos pilares fundamentales para conservar su salud mental: "Ellos tienen que crear una sociedad allí abajo con alguien que controle el cumplimiento de esas normas y que se dedique a tomar decisiones", añade Pereira, "si no se puede generar una situación caótica. Cuando salgan, los psicólogos serán los encargados de explicarles los síntomas que pueden tener a partir de ese momento, cosas que son normales en una situación así como tener miedo en la oscuridad. Lo importante es que se sientan reconfortados después de esta trágica situación que les ha tocado vivir".