El libro, 44 escritores de la literatura universal, en una edición muy cuidada de la editorial Siruela, encadena breves (pero intensas) semblanzas de la trayectoria vital de escritores clave en la literatura universal. La singularidad es que no se tratan de una biografías al uso, sino la puesta en relieve, de manera sencilla, de los rasgos más llamativos de esos creadores, al igual que los dibujos, que rozan los lindes de la caricatura. A veces, los propios relatos funcionan como verdadera literatura, ya que no es imprescindible que se traten de la realidad verídica de los hechos que acaecieron a esos personajes, sino que encajan perfectamente con su propia obra literaria. Cada “retrato” no ocupa más de cuarenta líneas.
Todos los lectores bucean en la vida de las obras que les apasionan: la literatura sin vida no se entiende siempre. Los escritores también tienen su infancia, como la de Charles Dickens, misérrima. Su padre fue a la cárcel por sus deudas y el pequeño tuvo que trabajar con once años en una fábrica de betún, haciéndolo de manera tal pulcra que “los dueños lo trasladaron a un escaparate para que, desde la calle, pudiera verse el proceso de envasado”. Una sensación de vergüenza que perduró hasta su vejez. Porque las obsesiones infantiles se suelen reflejar más adelante: Charles Baudelaire estaba obsesionado con que escribieran bien su apellido, pero al final de su vida él mismo olvidó la ortografía, teniéndola que copiar de alguno de sus libros.
Los escritores también pasan la adolescencia, y la de Allan Poe, cuyos progenitores murieron cuando era muy pequeño, fue bajo la estricta educación de unos padres adoptivos. Y, después, toda una vida de láudano y alcohol, pero cuando él dejó entre delirios este mundo todos los demás habían muerto. Hasta su mujer, que contaba con catorce años cuando se casó con ella, le había dejado dos años antes. Por cierto, ser escritora en el siglo XIX y no era fácil: ahí están los ejemplos de las hermanas Brontë, mujeres en un mundo de varones, de las que un crítico comentó que era "una lástima" que no hubieran nacido hombres.
Tras la adolescencia, hay que buscarse la vida. Y la literatura no siempre fue un “buen negocio”, ni bien comprendido por el entorno de los escritores ni por el público muchas veces. Como Kafka, “aprisionado” por su propia ciudad, trabajando media vida en un oscuro despacho, mientras pergeñaba obsesionado folios y más folios, que quiso que destruyeran a su muerte (algo que no ocurrió). Pero, ante la “incompresión”, muchos encontraban la salida, como Albert Camus, que pasó por mil profesiones antes de ser profesor, escritor y recibir el Nobel. Pasando por “noches de alcohol, jazz y existencialismo”, como afirma Marchamalo en el libro. Aunque, para excesos, la vida de Truman Capote fue paradigmática. Un escritor con “cara de niño bueno y vocecita seca y nasal”, pero que "llamó zorra a Jackie Onassis, farsante a Bob Dylan y pelmazo a Mick Jagger". El autor de A sangre fría en las fiestas hacía que tiraran al aire botellas vacías y, ebrio, “movía su revólver humeante entre sus invitados que, borrachos también, se morían de risa”.
La vida como literatura: excentricidades y muerte
A Hemingway, el libro le define como un "fanfarrón, mujeriego, algo exhibicionista, bebedor compulsivo, víctima de su propia leyenda, un hombre que construyó su vida como una novela y sus novelas como reflejos de su propia vida”. Aunque, para vida dramática y atormentada, la de los autores rusos. La de Chéjov, marcada por la miseria que le pagaban por sus cuentos. Dostoievski, tras ser indultado de un pelotón de fusilamiento, vivió un destierro y peregrinaje digno de Ulises, marcado por su epilepsia desde los nueve años. Detrás de las grandes obras maestras de la literatura hay grandes autores y grandes biografías, aunque leyendo las biografías se desprende un halo trágico de muchas de ellas. Y, al final, siempre la muerte:"Dejó media docena de cartas, cogió una caña de pescar y desapareció, siempre bella, nunca guapa Virginia [Woolf]. Encontraron su cadáver en el río dos semanas más tarde. Y vieron aterrados cómo se había llenado los bolsillos de piedras".
44 escritores de la literatura universal no es un compendio de datos biográficos, sino la vida hecha literatura, la vida que da sentido a una obra. Marchamalo, apasionado de la vida de los escritores, ya publicó en 2006 39 escritores y medio (Siruela, 2006), en aquella ocasión ciñéndose a escritores en lengua española.