“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y señoree en los peces, en las aves, en las bestias y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”
(Génesis 3:16)
Un burro como testigo en un juicio. Las heridas en su lomo. Sucedió en 1822 y se convirtió en la primera sentencia por maltrato animal gracias a una Ley promulgada por el legislador británico Richard Martin. El propio Martin presentó el caso ante el Tribunal y llevó el borrico al estrado. Cuando el animal entró a la sala, el público estalló en carcajadas. Pero el juez, que observaba así de primera mano el daño producido en el asno, se vio obligado a condenar a su dueño. Se reconocía, por vez primera, la capacidad de sufrimiento de una especie distinta de la humana.
Hasta entonces, procesar a un ser humano por este motivo era impensable. El propio Rene Descartes, considerado el padre de la filiosofía moderna, consideraba a los animales "autómatas complejos, sin alma, sin capacidad para sufrir o sentir". Pero la opinión del pensador francés, fallecido hace cinco siglos, sigue teniendo defensores. Prueba de ello es el debate taurino que se desarrolla estos días en España con motivo de la petición en Cataluña -a través de la Plataforma PROU- de abolir las corridas en su región. "Las personas no son animales", se escucha constantemente de la boca y pluma de varias figuras públicas. Un argumento que indigna a Óscar Horta, doctor en Filosofía e investigador en la Universidad de Rutgers. "Pues si no somos animales, habrá que preguntarse si acaso somos minerales o vegetales...", ironiza Horta por teléfono desde Nueva Jersey (Estados Unidos).
Lo cierto es que la supuesta crueldad que supone darle muerte a un toro en una ceremonia artística como la lidia, enraiza en una teoría más reciente que el maltrato: el 'especismo'. Este concepto, creado en 1970 por el psicólogo Rychard Ryder, define la discriminación practicada por el ser humano frente a otras especies con un desarrollo intelectual inferior; además, equipara su práctica a otras discriminaciones como el racismo o el sexismo; y finalmente condena el uso de animales para el beneficio de los hombres. Es decir, que pone en el centro de su diana al antropocentrismo moral.
Un discurso con base antropocéntrica
"¡Pero es que no hay más moral que la antropocéntrica!", rebate el filósofo Fernando Savater. "El hombre es el centro de la moral porque la moralidad es lo que regula el reconocimiento de lo humano por lo humano", explica el donostiarra para negar cualquier vínculo ético fuera de la especie humana, en contraposición con las tesis planteadas por los anti-especistas.
Igual de claro que Savater lo tienen en el Comité de Bioética, un órgano consultivo del Gobierno español que no emite opiniones sobre otra especie que no sea la humana. "Como mucho, se analiza el daño que las personas pueden infligir sobre los animales", explica a Terra Noticias una fuente del propio Comité, quien asegura que los derechos de los animales se defienden en el Ministerio de Agricultura. Es decir, al nivel de los pepinos.
A pesar de que el arraigo del anti-especismo (o animalismo) es mayor en países anglosajones, en España comenzó a tener resonancia a raíz del Proyecto Gran Simio. Esta iniciativa fomentada por científicos y filósofos, nacida en 1993, reclama el derecho a la vida y a la protección física de estos mamíferos superiores, cuyas capacidades están cercanas al ser humano hasta el punto de compartir el 98% del genoma. El proyecto, para a los anti-especistas tenía una pega: se tomaba al hombre como medida. De nuevo, el antropocentrismo a escena.
"Ese proyecto demuestra que el parecido al hombre define la urgencia moral”, concluye Fernando Savater. Porque se tomó como sujeto a proteger a un simio. No a un petirrojo. O a una lombriz. "Parecía que fuese la capacidad intelectual la que hiciera al Gran Simio un sujeto de derechos. Y no debe ser ese el criterio, sino su capacidad para sufrir, para sentir", se lamenta Sharon Núñez, portavoz de la organización Igualdad Animal.
¿Deben tener los animales derechos y deberes?
Pese a que los animales están protegidos del maltrato por el artículo 337 del Código Penal, carecen de consideración como sujetos jurídicos. Y éste es uno de los argumentos de los 'taurinos' para justificar que las corridas no puedan señalarse como un asesinato. "Hay que saber diferenciar entre derecho y deber", advierte el filósofo Oscar Horta, un declarado anti-especista, consciente de que a los animales no se les puede exigir un comportamiento ético. "Y para tener derecho a que se respete tu vida, no es necesario poseer la capacidad intelectual de un humano. De hecho, un bebé o una persona con alzheimer o con algún retraso mental tampoco podría ejercer sus deberes y, sin embargo, sí tienen derechos que se le niegan a otros seres vivos con su mismo nivel de inteligencia".
Desde Igualdad Animal defienden la misma idea. Y recuerdan que no es la capacidad de pensar, sino la de sufrir, la que iguala a los humanos con el resto de especies. "El argumento del intelecto es muy endeble", apunta Sharon Núñez. "No pedimos que las vacas vayan a la Universidad, ni que se protejan intereses que no tienen. Sólo pedimos que se las proteja de pulsiones que sí poseen y, entre ellas, está la de no sufrir. Si golpeamos a un animal, le duele igual que a nosotros".
Fernando Savater no comparte en absoluto la visión de Núñez. "Ningún animal tiene deberes y por lo tanto tampoco debe tener derechos", explica el filósofo de 62 años, firmante y cara visible el 25 de febrero en la presentación en Sevilla del Manifiesto en favor de la tauromaquia. "Sólo podemos llegar a un acuerdo entre tratarlos mejor o peor. Pero las obligaciones morales sólo se tienen con los seres humanos. Ni con un animal... ni con un cuadro de Rembrandt".
El especismo, origen religioso... ¿o social?
"Los animales, como el resto de la Creación (...) están al servicio del hombre", explicaba esta semana el abogado y militante del PP Adolfo Suárez Illana en una tribuna para el diario El Mundo. Una opinión que entronca con la de su compañera de filas en el PP, Ana Botella, cuando dijo que "el planeta está al servicio del hombre" y no al contrario. La Creación como ofrenda de Dios a los hombres, idea presente en las religiones abrahámicas, que subyuga a los animales a la utilidad que aportan al ser humano.
"Sin embargo, la dirección es la opuesta. Como vivimos en una sociedad especista, sus costumbres tienen reflejo en la religión", aclara Óscar Horta. "Ningún pueblo ha utilizado a los animales porque lo diga una religión; nunca se esperó a leerlo en un libro", añade Fernando Savater, que coincide en este caso con su colega de profesión. Pero lanza sin embargo una andanada a los animalistas, a quienes acusa de crear "una religión, al llevar al extremo el amaros los unos a los otros".
Para Horta, sin embargo, es una cuestión de respeto. Por ejemplo en el uso de animales para experimentos científicos. "La prueba perfecta se realizaría sobre humanos, como hacían en el III Reich, pero claro, todos lo creeríamos inmoral", puntualiza este doctor en Filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. "A nadie se le pasa por la cabeza usar humanos para experimentar con ellos. Entonces, ¿por qué sí usar animales? ¿Porque su inferior desarrollo intelectual? Volvemos entonces al argumento de los bebés y de las personas con retraso mental..."
Horta, que actualmente trabaja como investigador en la Universidad de Rutgers para la Fundación Española para la Ciencia y Tecnología, intenta explicar la crueldad inherente al especismo con un ejemplo sencillo. “Si una especie de otro planeta llegara a la Tierra y, justificándose en su superioridad intelectual, nos sometiera, comiera y abusara de nosotros, protestaríamos, ¿verdad? Y sin embargo"; continua, "si les pidiéramos explicaciones argumentarían que ejercen la misma ética que nosotros usamos con el resto de especies...”
Fernando Savater ni se plantea esta hipótesis. "¿Aliens? Cuando vengan aquí, veremos. De momento vamos a jugar con la realidad". Y sobre comer animales, lo tiene igual de claro. “Comerme un cochinillo no me plantea ningún problema moral, tan sólo dietético... por el colesterol, ya sabe”.