Todos los estudiosos de nuestra lengua están de acuerdo en que ésta no puede encorsetarse, sino que es algo mutable, que evoluciona y cambia. Sin embargo, nos advierten, también enferma o se degrada. Un ciudadano medio español no utiliza más allá de 1.000 palabras y sólo los muy cultos alcanzan los 5.000 vocablos. Es más, algunos jóvenes utilizan sólamente un arsenal de 240 palabras.
Linguistas, pedagogos y psicólogos aseguran que, quien escribe correctamente, muestra que ha disfrutado de una escolarización adecuada, que ha leído libros y que tiene ejercitada la mente. Gracias a esa "gimnasia mental" podemos acceder a estadios de razonamiento y cultura más elevados. Quien no sea capaz de comprender algo tan básico como la escritura, quien no tenga garantizada en su infancia la educación adecuada para ello, pocos progresos más logrará en su vida intelectual, aseguran.
Pero, mientras el lenguaje se encoge por un lado, va recibiendo aportes por el otro, anglicismos, palabras relacionadas con las nuevas tecnologías y "clones" de términos extranjeros se van incorporando poco a poco a nuestros registros lengüísticos. ¿Es correcto usarlos? Depende. Los neologismos suelen llenar vácios de nuestra lengua siempre y cuando no se usen con afán de prestigio mal entendido, ignorancia o incapacidad de dar con la palabra adecuada o ganar expresividad.
Qué "heavy", ¿no?